domingo, 8 de marzo de 2026

Un trago aparentemente inofensivo

 

Desde el primer día en terapia, los testimonios del grupo resonaban como un mantra en la cabeza de Antonio

- "Yo empecé bebiendo 0,0, pensaba que no pasaba nada, pero cuando me quise dar cuenta era capaz de beber 10, 12 y las que hicieran falta, igual que cuando estaba en activo, después, vino la recaída".

Pero una tarde de viernes, en la mesa con amigos, alguien puso frente a él una cerveza 0,0. Brillaba como si prometiera risas inocentes y libertad de decisión; el líquido dorado parecía susurrarle al oído. Fue entonces cuando se desató una batalla en su interior: Trató de recordar las advertencias de su terapeuta, los testimonios de sus compañeros, incluso vaciló un instante, pero fue como detener un huracán, la adicción ya había decidido por él. Apareció el autoengaño en forma de pensamiento: - "Es una cerveza 0,0 no me puede pasar nada, al fin y al cabo a mi me gusta su sabor". Abrió la lata con decisiones bebió con ahínco, el primer trago fue un abrazo engañoso. El sabor le recordó viejas risas falsas, noches interminables y secretos que su memoria creía superados. Aquella cerveza "sin alcohol" abrió una puerta hacía el sufrimiento, que él creía cerrada. Comenzó el carrusel de consumo y cayeron: 1,2,3..hasta que perdió la cuenta, y casi de forma inconsciente, sigilosa como es la adicción, se encontró  con la primera cerveza con alcohol en su mano, era la ratificación de que el desastre había comenzado mucho tiempo atrás , con la ignorancia de las señales, que llevaban hacia el infierno de la recaída.

Al día siguiente, el amanecer llegó sin pedir permiso. La luz se filtró por la ventana como una acusación silenciosa, iluminando la habitación desordenada y el suelo manchado de vómitos, testigos mudos de la noche anterior. El aire olía a rancio y a derrota. Abrió los ojos con esfuerzo. La cabeza le latía como si alguien golpeara desde dentro, recordándole lo que había hecho. El estomago se retorcía, revuelto, traicionero, y tuvo que girarse de lado para no volver a vomitar. La boca seca, amarga, el cuerpo pesado, torpe, como si no le perteneciera. Entonces llegaron los pensamientos: La culpa, espesa, aplastándole; la derrota , clara y fría: Había recaído; El resentimiento, no hacía el alcohol, sino hacia sí mismo por haber creído que con ello; El odio hacía sí mismo, feroz y silencioso, por haberse traicionado una vez más; y la impotencia, esa sensación de saber el camino correcto y, aún así, haber tomado el equivocado. Se sentó en la cama, con la mirada perdida, incapaz de sostenerse por dentro. Todo lo aprendido parecía inútil. Todo el esfuerzo, desperdiciado en unas horas. 

Pero mientras el sol terminaba de levantarse, algo distinto apareció entre aquel naufragio. No era fuerza, no era orgullo, era algo más pequeño y más honesto: La aceptación. Había recaído, sí, pero también sabía donde volver. Pensó en el grupo, en las sillas en círculo, en las miradas que no juzgan, en la voz de su terapeuta recordándole, que la recaída no borra el camino, solo lo interrumpe. Por primera vez, esa mañana, respiró hondo sin que doliera tanto. No se prometió grandes cosas, no juró que nunca fallaría, sólo se dijo, con humildad-"hoy empiezo otra vez el camino , pero con el aprendizaje de la experiencia". Volvería a la casilla de salida, con la cabeza gacha, pero con el corazón abierto. Día a día, sólo por hoy, porque , incluso, después de la peor noche, el amanecer seguía llegado, y con él, la oportunidad de intentarlo de nuevo.